Un Homie de pocas palabras
Contar no es únicamente poner la cámara y esperar que las imágenes hablen por si mismas. Aprovecharse de la tragedia natural es una manera muy inocente, y no por eso inútil, de generar una respuesta en la audiencia. La vida loca es un trabajo que cobrará los frutos del final fatídico de su director y de la circunstancias de su rodaje. El mundo dramático que observa es los suficientemente agresivo y extraño para convencer a las mentes asombrables del público primer mundista. Las respuestas de salas serán de incredulidad, de temor ante los tatuajes, de una indignación y de un extrañamiento que llevará a fundar ONG’s para salvar a los niños desamparados de El Salvador, “un pequeño estado de Centro América” como se le llama en la prensa. Pero las emociones producidas por el film no están en él, se encuentran en el exotisismo tercer mundista con el que será mirará, con esa fascinación por el window shopping cultural de los espectadores en salas de ocho dólares.
Poveda no explota, afortunadamente, la rareza de la situación; no utiliza el melodrama como vehículo pero tampoco crea un discurso cierto. El documental carece de una narración estable y presenta un ritmo un tanto desarticulado. De igual forma el sentido de la cinta no está desarrollado de buena manera por lo que las intenciones del director quedan un poco veladas por el peso de los acontecimientos que él cree asombrosos pero que en realidad son, desafortunadamente, actos cotidianos. Como trabajo testimonial es un excelente documento, una labor de registro intrépida y de muy alto costo pero como artefacto fílmico es un tanto débil pero no por ello se debe pasar por alto.
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Tune of the day: Godspeed You Black Emperor!
Saturday At The Canal
I was hoping to be happy by seventeen.
School was a sharp check mark in the roll book,
An obnoxious tuba playing at noon because our team
Was going to win at night. The teachers were
Too close to dying to understand. The hallways
Stank of poor grades and unwashed hair. Thus,
A friend and I sat watching the water on Saturday,
Neither of us talking much, just warming ourselves
By hurling large rocks at the dusty ground
And feeling awful because San Francisco was a postcard
On a bedroom wall. We wanted to go there,
Hitchhike under the last migrating birds
And be with people who knew more than three chords
On a guitar. We didn’t drink or smoke,
But our hair was shoulder length, wild when
The wind picked up and the shadows of
This loneliness gripped loose dirt. By bus or car,
By the sway of train over a long bridge,
We wanted to get out. The years froze
As we sat on the bank. Our eyes followed the water,
White-tipped but dark underneath, racing out of town.Gary Soto
No more shall we part…
Ciertas mañanas uno quisiera decir basta de detener el tiempo, de hacer recuerdos donde sólo existió la obsesión. Tomar los objetos viejos, hacer las maletas invisibles, subir al primer tren y desear buena suerte. Decir adiós sin sentimientos. Las voces son viejos amigos que permiten recobrar la mirada en la distancia, encontrarse en la luz de mañana y pensar que aún hay lugar en el mundo para una canción. Ahora todo transcurre tranquilo viendo a los recuerdos tomar la bicicleta para dar una vuelta bajo el frío.
Running
Aprender a caminar de nuevo es una labor desquiciante. El tropiezo está por doquier y las manos duelen más pronto que la caída. Cada paso es tan difícil como construir los adjetivos de los paisajes imaginados. Destronar la torpeza de la sincronía es luchar a ciegas. Hacer continuo el paso significa, con certeza, caer en el fango, soportar las risas.
Pero detenerse es perder la cordura, no tener caminos y permanecer en el tiempo de los otros. Preferible desesperar por instantes, lanzar golpes y maldiciones que no pensar más. Olvidar salir es cerrar la ventana y morir de sombras.
Si las rodillas sangran, si las manos se rompen: arrastrar los pies y soportar el dolor. Si los zapatos molestan: ir descalzo. Cuando el camino se abra, entonces podremos correr.
Monday is for kicks
Con un pie en la tumba…
El fútbol es un deporte de revanchas, no sólo entre equipos sino con la vida. Sin ser poético en exceso, este fin de semana he presenciado tres de la expresiones del fútbol más bellas posibles y todas tienen que ver con la idea del regreso.
La primera viene de México, una sección que está obligada a estar en el mundial y que a pesar del mal desempeño, los líos de faldas y pantalones, las obligaciones mediáticas y el interminable muladar de excusas lo consiguieron. Guiados de la mano de un Aguirre derrotado por una Europa que no conoce la memoria, el Tri encontró ese momento donde una corazonada hace pesar al Azteca, lo hace imbatible, aplastante diría Calamaro, para dar un poco de luz, que peculiarmente fue hurtada esa misma noche en la capital de México. Un partido casi de trámite trajo a la mente el gol del Abuelo en Canadá y el remate de Borgetti frente a Italia. Una victoria fácil se convirtió en el regreso de los viejos ídolos y, de paso, del empeño del fútbol nacional. Cuauthémoc, después de todo, y a pesar de todo, lo logró una vez más. A sus 36 años se montó el equipo a la joroba y le regaló el pase a una selección que había perdido la entrega hasta su regreso. Su esfuerzo y el aplauso de un Azteca entregado a su salida hace pensar en la falta que hizo, en lo posible que es hablar con la experiencia y sobre todo con la voluntad de volver. El primer gol entró porque, como siempre, al Cuau nadie lo para; porque desconoce la negativa y primero pierde la pierna, sino recordemos en partido contra Trinidad, antes de perder una oportunidad de vacunar. Y esa insolencia que le ha traído tantos problemas, ahora dio vida. Para concluir el partido la pincelada de un Palencia golpeado por lo años y por la prensa ha demostrado que con el gol nada tiene que ver la edad sino el arresto. Esos gestos de felicidad en la mirada de estos veteranos son los del niño que mete su primer gol y que regresa la inocencia del juego.
De igual manera, en Argentina otro veterano demuestra que el fútbol es de aquellos que aman al balón; no es de los millones, ni de las comparaciones adolescentes. El balón se queda con quien lo sueña sobre todo, no con quien lo utiliza. No responde a las playeras exitosas o a los globos de la prensa. Palermo, “el optimista del gol”, que al igual que el Cuau ha sido despreciado muchas veces de la selección, regresó para demostrar quién levanta la mano en los momentos de frío. Argentina está a punto de ser eliminada del mundial pero su resistencia, su estrella no se aparta y les da un poco de oxígeno. Los equipos grandes dependen en gran parte de ese atisbo de fortuna. La imagen de la lluvia torrencial era el vaticinio perfecto de la derrota. Perú empata al minuto 89 y el estadio enmudece; es la tumba que se cierra. Argentina firmaba su sentencia. El último tiro de esquina. Pero Palermo recuerda las palabras del Diego antes de entrar “Resuelve esta historia como tantas otras has resuelto”. Quince segundos para el final:
La piel se enchina sólo de ver la escena. El tantas veces odiado, el que por diez años se mantuvo fuera de la albiceleste le dio a un país desesperado un día más que tal vez sea todo lo que necesiten para salir avante. La lluvia paró y el monumental coreaba un nombre. Dónde queda el nuevo Maradona, dónde está el Dios-de-las-canchas-bruto-en-la-banca: borrados. En Buenos Aires se levanta una leyenda y un panzón que se avienta al agua.
Estos momento pasionales no tienen nada que ver con lo que vi en la calles de Lille. Mientras regresaba del cine una bengala verde en un café llamó mi atención. Era la gente de Argelia que se reunía para ver partido contra Ruanda y que los pondría a un pie del mundial. Mientras avanzaba, descubría que mi barrio es el argelino por la cantidad de personas que se dirigían al punto de encuentro. Al llegar al apartamento tanto mi vecino de piso como el de arriba vieron atentos el partido. Nada fuera de lo normal, gritos en el gol, patadas en el empate y más gritos en la victoria. Pero aquí comienza la belleza. En mi departamento se escucha todo lo que pasa en los pasillos y de repente un estruendo me aleja de mis ocupaciones. La turba del segundo piso baja al mío y golpean con desesperada alegría la puerta de al lado. Unas palabras de alegría irreconocibles, aplausos, manos que se estrechan. Portazo. Un silencio momentáneo en el que pienso que se acabo el festejo, es domingo y casi es media noche, pero comienzan a oírse claxonazos por doquier. La celebración comenzaba. Una nación que no va a un mundial desde el 1986, en México, y que ahora se siente más cerca que nunca aunque sea desde lejos, desde la tierra que los oprimió. Las calles comenzaban a llenarse. Mi vecino grita. Azota su puerta, baja las escaleras corriendo, azota la puerta de la calle y sale. Me asomo por la ventana, lo veo envolverse en su bandera de Argelia, pasa un coche con tres personas gritando y toma la luna roja y la besa con una pasión asombrosa. No mamen, de verdad fue hermoso. Se va corriendo. Siguen los pitidos y trato de imaginar que sentirá, tiene más o menos mi edad y nunca ha visto a su equipo en un mundial. Lo más cercano fue Zidane pero ahora ellos tienen a doce jugadores nacidos en Francia que han decidido portar las playeras de sus padres incluyendo al capitán y al goleador, pienso que es una suerte de venganza que Francia la tenga difícil. A lo lejos escucho los gritos y me asomo. Se escuchan los cánticos, mis vecinos de arriba gritan. De repente una serie de pitidos que se acercan; es una caravana de cerca de cincuenta coches con banderas, saxofones, tambores, gritos. Gente con medio cuerpo de fuera de las ventanas con unas sonrisas asombrosas. No puedo creer la felicidad. Un póster de Ziani, nacido en Francia, se levanta en alto, es una mujer la que lo trae. Los coches siguen pasando y de la nada mi vecino viene en uno, asomado, exclamando nombres; nos ve y grita con una alegría contagiosa. No puedo hacer otra cosa que aplaudir y saludarlo con una euforia natural. El hombre es feliz. El regreso a casa está en las botas de los verdes.
Aquí en Lille:
En París:
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Tune of the day: Marvin Gaye.
La culpa la tiene Pekar
Cuado era niño el primer comic que me hizo alejarme de los súper héroes fue American Splendor. En aquel entonces yo sabía muy poco del “noveno arte”, leía comics porque eran divertidos y porque, al igual que muchos, no tenía amigos y por alguna extraña razón pensé que sería una buena forma de atraer gente divertida aunque el fondo fue una sentencia de soledad. Ahora no puedo recordar como es que llegó a mis manos; de seguro fue alguno de esos amigos simpaticones que iban al mismo sitio por sus comis o un cuate, como todos lo hemos tenido, que viajó al gabacho y se lo compró. “Al menos lee en ingles”, decía mi papá para sentirse bien de que su hijo se la pasaba en casa leyendo “unos dibujitos re-feos”, decía mi abuela.
Cuando abrí la antología, una edición bastante precaria, algo me sorprendió. Si soy sincero fue la falta de color y el trazo extraño, por no decir cutre, de Crumb. Esa primera lectura, tenia trece años, fue austera pero impactante. No sabia quienes eran todos esos sujetos en la portada pero era un comic, o al menos eso parecía. Con cada página algo me extrañaba aún más, me molestaba. Recuerdo que cuando lo termine me indigne porque no había pasado nada, no había emoción y la falta de color me pareció una ofensa; pero algo me perturbaba más: ¿a quien diablos le interesaba la vida de este sujeto si no siquiera era buena onda?
Durante ese tiempo mi mamá preguntó de que trataba; creo haber dicho algo como “que era lo que le pasa al escritor en su casa” a lo que mi madre, con sus respuestas tan precisas, me contestó: “que pendejadas son esas.” Tenia toda la razón y yo me pregunté por muchos meses que era aquello hasta que me di por vencido y decidí regresar a los comics de mallitas pero no pude; me parecían tontos. No entendía que pasaba así que deje de leer cualquier tipo de narrativa en cuadritos por un buen rato. Hasta que un día un amigo me recomendó Maus y al leerlo regresó la pregunta sobre el señor Pekar y con ello la lectura de Our Cancer Year con lo que los días cambiaron para mortificarme en la razones de estos sujetos. Si alguien es culpable de mis intenciones y de mis años gastados en el encierro del hogar es Harvey Pekar
En cada volumen de American Splendor se genera un conflicto con la idea de narración; hace pensar en la narrativa gráfica como las más frescas de las autobiografías. En Pekar se encuentra el eslabón que ha marcado las distancia entre la realidad imposible y la mentira cierta; esos polos en los que hemos intentando racionalizar la oposición entre verdad y mentira pero que aún queda escondida entre “el efecto de lo real”, el “de-facement”, “el pacto autobiográfico” y el largo etcétera que se derrumba con ver el homenaje de la revista Smith a Pekar por sus 70 años.

No hay forma de decir quién es Pekar o cuál es el real. Entre los dibujos su rostro se ha perdido. Es claro que no es de las fotos, pero aquí hay 96 visiones de su nombre que no hacen a la persona. Y yo me sigo preguntando sobre la identidad en la narrativa grafica e insisto que toda la culpa la tiene Pekar.
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Tune of the day: Polvo
Estando
Al parecer estos días de arribo me ha dejado un poco confundido, no puedo encontrarme aún con las palabras, con los objetos. Es una cuestión atmosférica, de tiempos, de rutinas. Uno se sabe en casa cuando comienza a descubrir los errores de las calles, los lugares peligrosos, los pordioseros de siempre. El hogar no son los cuatro muros que contienen los libros o los muebles, ni a la persona que se ama. El verdadero hogar está en las avenidas, en la tienda, en la plaza de diario, en la señora que deja a su hijo en el camión y con la que se intercambia una mirada de reconocimiento. Tejerse con el espacio es una labor diaria, aprender a perderse en los otros. Morar en los edificios no significa ser residente es un mero artificio técnico. Se debe buscar entre los pasos de las hojas secas, en el alba de color nuevo.
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Tune of the day: Extraperlo
Oh Yeah!!!
Nunca pensé que los vería en vivo pero la fortuna sonrió a mi llegada a Lille. En un concierto repleto de miradas extrañas, gente silenciosa y comportamientos solemnes sentí como un lugar puede ser propio. Saber que un día cualquiera me toparé con otra de estas bellezas, sin la violencia o la impertinencia de la audiencia que no sabe guardar silencio, me hace ver soles en el invierno y desear que mis amigos vieran esto.